Para una fe seguida por sólo el 2% de los estadounidenses, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (Iglesia SUD) ejerce una influencia cultural sorprendentemente grande. Desde su representación en los reality shows hasta su presencia en las esferas políticas, la iglesia mormona ha experimentado una transformación dramática de una secta perseguida a una figura dominante. Este cambio plantea interrogantes no sólo sobre la evolución de la iglesia, sino también sobre hasta qué punto está dispuesta a adaptarse en su búsqueda de una aceptación más amplia.

Primeros años: persecución y una visión del excepcionalismo estadounidense

La historia temprana del mormonismo estuvo marcada por una intensa oposición. A partir de la década de 1830, los mormones fueron expulsados ​​de un estado a otro, enfrentando violencia y persecución legal. En Missouri, el gobernador incluso emitió una “orden de exterminio” exigiendo su expulsión o su muerte. A pesar de estas dificultades, los fundadores de la fe desarrollaron la creencia fundamental de que Estados Unidos era una “tierra prometida” divinamente ordenada y destinada a la restauración de la iglesia de Dios.

La teología mormona enmarcó explícitamente la Constitución y la Declaración de Independencia de los Estados Unidos como documentos divinamente inspirados, consolidando una conexión única entre la fe y el experimento estadounidense. Los primeros mormones se consideraban preservadores de los mejores ideales de la democracia y la libertad religiosa estadounidenses, creyendo que eventualmente serían bienvenidos nuevamente al redil de la nación.

El siglo XX: asimilación e infiltración estratégica

En el siglo XX, la Iglesia SUD inició una campaña deliberada para integrarse a la sociedad estadounidense en general. Esto incluyó un reclutamiento agresivo dentro de las agencias militares y de inteligencia, aprovechando las habilidades lingüísticas de los miembros gracias al trabajo misionero y su reputación de estilos de vida disciplinados. La CIA y el FBI encontraron a los reclutas mormones particularmente atractivos debido a su confiabilidad.

Al mismo tiempo, la iglesia promovió activamente una imagen de sí misma como una institución “totalmente estadounidense”: familias numerosas y tradicionales, compromiso cívico a través de grupos como los Boy Scouts y una perspectiva social conservadora. Un momento crucial fue el abandono de la poligamia, una práctica que durante mucho tiempo había alimentado la oposición. Esta decisión, combinada con la condición de estado de Utah, marcó el comienzo de un impulso sostenido por la respetabilidad.

La sombra de la historia racial

Mientras se asimilaba, la iglesia luchaba con sus propias contradicciones internas. José Smith, el fundador de la fe, inicialmente se opuso a la esclavitud. Sin embargo, bajo Brigham Young, la iglesia adoptó una jerarquía racial que excluía a los miembros negros de la ordenación del sacerdocio y de los rituales del templo hasta 1978.

Esta política refleja un período en el que algunos líderes de la iglesia dieron prioridad a asegurar el lugar de la fe dentro de las estructuras raciales existentes en Estados Unidos. Los estudiosos contemporáneos señalan que los pioneros mormones incluso internalizaron la pseudociencia racista, viéndose a sí mismos como una raza distinta digna de ser aceptada por los blancos estadounidenses. El legado de esta historia continúa atormentando a la iglesia, particularmente a medida que se expande globalmente.

El riesgo de perder la identidad

Hoy, la Iglesia SUD enfrenta un nuevo desafío: el potencial de una sobreasimilación. La generación actual de mormones más jóvenes se está alejando de la política incondicionalmente conservadora que alguna vez definió la fe. Algunos temen que en su búsqueda de la aprobación generalizada, la iglesia corra el riesgo de abandonar las mismas creencias y prácticas que la distinguen.

Como señala un observador, la obsesión por “realizar la americanidad” puede eclipsar la visión del mundo única del mormonismo. El cambio de jóvenes misioneras “tontas” a mujeres glamorosas en los reality shows ilustra este dilema: la iglesia puede llegar a ser más conocida por sus símbolos culturales que por sus principios religiosos fundamentales. La pregunta sigue siendo si la Iglesia SUD puede mantener su identidad mientras continúa su búsqueda de la aceptación generalizada.

En última instancia, la historia del mormonismo es un estudio de caso sobre cómo un grupo alguna vez marginado aprovechó los ideales estadounidenses y la adaptación estratégica para lograr el dominio cultural, incluso mientras luchaba con sus propias contradicciones internas. El futuro de la iglesia depende de equilibrar la asimilación con la preservación de sus distintas creencias y prácticas.