El concepto de perdón está profundamente arraigado en la cultura estadounidense y a menudo se presenta como un imperativo moral y la clave para la curación. Sin embargo, centrarse incesantemente en el perdón puede oscurecer la realidad del daño, sobrecargar injustamente a las víctimas y eclipsar la necesidad de rendir cuentas. La filósofa Myisha Cherry desafía esta obsesión cultural en su reciente libro, Failers of Forgiveness, argumentando que la ira no es un defecto, sino una emoción moral vital que exige reconocimiento y respeto.
La idolatría del perdón
Cherry describe cómo la sociedad estadounidense tiende a idolatrar el perdón, tratándolo como una panacea para el dolor, una solución mágica que restaura las relaciones y borra el pasado. Esta perspectiva ejerce una presión indebida sobre quienes han sido perjudicados, sugiriendo que su curación depende de su capacidad de perdonar. Sin embargo, este enfoque pasa por alto una verdad fundamental: el perdón no puede deshacer lo sucedido. El pasado deja marcas duraderas y, a veces, la reconciliación simplemente no es posible.
El problema no es que el perdón sea débil; es que le damos demasiado poder. Cuando el perdón se convierte en el foco central, puede absolver a los malhechores y a la comunidad en general de sus responsabilidades. Implica que si las víctimas perdonan, todos los demás quedan libres de culpa.
La ira como brújula moral
Cherry sostiene que la ira no es simplemente una falta de autocontrol sino una emoción legítima y moral. Señala injusticia, afirma valores y exige responsabilidad. Considere la respuesta al tiroteo en la iglesia de Charleston en 2015, donde los familiares de las víctimas expresaron su intención de perdonar al perpetrador. Si bien su elección es válida, la consiguiente celebración mediática de su perdón eclipsó los problemas sistémicos del terror racial y la supremacía blanca que alimentaron la violencia.
La ira es una inversión. No puedes estar enojado con alguien que no te importa. La ira expresa juicio, valor y un llamado a un mejor comportamiento. Es una emoción necesaria para la justicia y la solidaridad.
Los límites del perdón
Cherry enfatiza que el perdón no borra el daño. Puede ayudar a alguien a imaginar un futuro diferente, pero no puede reemplazar la rendición de cuentas o la justicia. Ella distingue la ira del odio y explica que la ira expresa juicio, mientras que el odio a menudo implica desear daño a otra persona.
Puedes perdonar a alguien y aun así estar enojado con esa persona. El perdón no requiere abandonar la justa indignación; requiere liberar el odio y el deseo de venganza. La ira puede permanecer porque refleja sinceramente la profundidad del daño.
Reparación Sin Perdón
En una nación que lucha contra una historia brutal de esclavitud y una injusticia sistémica constante, la cuestión del perdón colectivo se vuelve plagada de dificultades. Cherry señala que la verdadera reparación requiere decir la verdad, responsabilidad y cambio estructural, nada de lo cual puede lograrse únicamente mediante el perdón.
Pedirle a alguien que perdone un daño continuo es como pedirle que perdone a alguien mientras todavía lo apuñalan. El perdón ni siquiera está sobre la mesa hasta que el daño cesa.
Un enfoque equilibrado
Cherry concluye que el perdón es una herramienta, no una necesidad universal. Existen otros caminos hacia la curación: terapia, apoyo comunitario y reforma sistémica. Ella cuestiona la noción de que el perdón es siempre virtuoso, argumentando que negarse a perdonar no es inherentemente inmoral. La clave está en encontrar el equilibrio adecuado por las razones adecuadas.
En última instancia, el perdón no debe considerarse como la única ruta hacia la reparación. Si el perdón fuera esencial para la curación, aquellos que no pueden perdonar se quedarían sin esperanza, lo cual es simplemente falso. Podemos construir futuros con multitud de herramientas, y la ira, cuando se canaliza de manera constructiva, puede ser una de las más poderosas.























