Los chatbots de inteligencia artificial, incluidos modelos líderes como Claude de Anthropic, Gemini de Google y ChatGPT de OpenAI, exhiben cada vez más “personalidades” distintas al interactuar con los usuarios. Estos chatbots no sólo responden a indicaciones; se involucran como si poseyeran rasgos individuales. Las pruebas en las principales plataformas revelaron el estilo único de cada chatbot: Claude es formal y directo, Gemini es puramente transaccional, mientras que ChatGPT adopta un tono amigable y conversacional.
La ilusión de uno mismo
Este comportamiento se extiende más allá de las simples interacciones basadas en texto. ChatGPT, en particular, ofrece un “modo de voz” que imita los patrones naturales del habla humana, capaz de mantener conversaciones realistas con varias personas simultáneamente. En un caso, una familia que probó la función permitió que sus hijas pequeñas sugirieran un nombre para la IA. Luego, ChatGPT participó en el proceso de nombramiento y finalmente eligió “Spark” según sus aportes.
Esta voluntad de aceptar e integrarse en la dinámica social destaca una tendencia más amplia: los chatbots de IA están diseñados para simular una participación similar a la de los humanos. No se trata simplemente de mejorar la funcionalidad; se trata de fomentar conexiones emocionales. El resultado es que los usuarios pueden formar vínculos intensos con estas entidades digitales.
Riesgos en aumento
Las posibles desventajas son significativas. Si bien la IA puede ser una herramienta útil, la línea entre asistencia y dependencia se está difuminando. La experiencia del autor sugiere que una dependencia excesiva puede conducir a una homogeneización en el pensamiento y la expresión. Esto ya es visible en entornos académicos, donde los profesores se enfrentan a una avalancha de ensayos generados por IA que son indistinguibles entre sí.
Sin embargo, los riesgos van más allá de la integridad académica. Algunas personas han informado que se enamoraron de los chatbots de IA, mientras que otras han visto sus delirios preexistentes reforzados por el respaldo incondicional de la IA. En algunos casos, estas interacciones han tenido graves consecuencias en el mundo real.
La creciente sofisticación de los chatbots de IA plantea preguntas fundamentales sobre la naturaleza de las relaciones digitales, los límites de la conexión humana y el impacto psicológico de interactuar con entidades que simulan empatía sin realmente poseerla.
En última instancia, estos sistemas de IA están evolucionando no solo como herramientas, sino como pseudopersonalidades capaces de influir en el comportamiento y potencialmente exacerbar las vulnerabilidades existentes.

























